TEXTOS

Gabriela Fernández Madero – Guardián de la memoria
Naturaleza, territorio, sentido de pertenencia, intimidad, memoria, son todos ejes que
podrían caracterizar a la obra de Gabriela Fernández Madero. Y si bien cada uno de ellos
condensa una serie de proyectos diversos y autónomos, el vínculo se establece en la
coherencia conceptual y la materialidad con que la artista elige abordarlos a lo largo del
tiempo, haciéndolos vibrar en un sentir común. Me gustaría sobrevolar, a modo de
recorrido, por tan vasta producción.
Uno de esos pilares es la mirada que Gabriela ejerce sobre su entorno natural. La flora y
la botánica dan acceso a una serie de herbarios que funcionan como una suerte de trabajo
de pesquisa y registro, recolectando información sensible sobre su hábitat, explorando la
relación entre observación, archivo y percepción. Herbier enchanté retoma la iconografía
del Hortus Sanitatis para combinar especies de su propio jardín con imágenes que
emergen como revelaciones en la estampa. En Herbario Bleu de Prusse, los cianotipos
de flora autóctona recolectada en caminatas diarias adquieren un tono introspectivo donde
el azul de Prusia vincula paisaje, cuerpo y emoción. Herbarium sacrum incorpora la
arquitectura religiosa francesa mediante matrices de arcilla y registros fotográficos que
unen espiritualidad, tradición y territorio y en el Herbario nativo, la acuarela reinscribe
especies locales en un jardín simbólico donde identidad y tiempo se superponen.
En esa línea poética donde el andar se hace evidente, las series agrupadas bajo el leiv
motiv del camino, exploran el desplazamiento como gesto ritual, donde las
construcciones realizadas con elementos encontrados funcionan como marcadores de
memoria. En El camino a Vagues / El bosque encantado, el trayecto cotidiano hacia el
paraje rural se transforma en un espacio de contemplación e imaginación. Por su parte,
Marnay en rose revisita el paisaje francés mediante fotografías teñidas por un “rosado
imaginario”, donde el recuerdo altera la percepción original.
Lo femenino en la obra de Gabriela reflexiona sobre identidad, silencios y memoria
emocional. Corset modelo 60, escultura en papel derivada de dibujo y grabado, presenta
al corset como símbolo de opresión histórica y, al mismo tiempo, de toma de conciencia
corporal. En Lo no dicho, las cerámicas, ladrillos y papeles representan aquello que
permanece en silencio, evocando experiencias íntimas y transmisiones invisibles desde
una perspectiva sensible y crítica. Es quizás en este corpus de obras donde vemos armarse,
más allá de las instalaciones, un relato más escultórico que luego dará pie a su producción
más compleja relacionada con la conservación de la memoria, algo que ya se viene
manifestando cada vez más contundentemente; pero no nos adelantemos.
Es claro que, en la obra de Gabriela, la cultura de su entorno inmediato, familiar, barrial,
espacios de crianza y pertenencia, juegan un papel crucial que condicionan la elección
de materiales siempre característicos de prácticas que marcan, dejan impronta de paso,
registros cual tatuajes, presencias, experiencias y recuerdos. Así, bajo la mirada de la
tradición, se agrupan series que se enlazan con el universo rural y los saberes heredados.
En Tradición, veinte fotograbados realizados durante las fiestas de San Antonio de Areco
registran desfiles de gauchos y chinas y El jardín nativo fusiona cianotipos y papel de
arroz con elementos de indumentaria tradicional, vinculando naturaleza, cultura y
pertenencia. Algo afín sucede con las raíces y la memoria familiar, la cual se materializa
en series que reconstruyen archivos personales. El hilo de Ariadna y El mantel del tiempo
utilizan textiles y cerámica como metáforas de vínculos afectivos que atraviesan

generaciones. Vestigios, un mural cerámico de cuarenta piezas, reúne fragmentos
fotográficos de arquitectura y retratos familiares para componer una memoria parcelada
y, Mi Walden, combina paisaje rural y autobiografía en un fotocollage que reflexiona
sobre refugio interior y genealogía.
La materialidad del agua se hace presente en la instalación Latitud 50º28 / Longitud 73º1
la cual combina fotografía intervenida, grabado, cerámica y libro de artista para explorar
la presencia física de la Patagonia. La serie Glaciares deriva del encuentro con el Perito
Moreno: las columnas de papel de arroz grabado evocan la masa del glaciar y las piezas
cerámicas representan moléculas de agua, conectando materia y paisaje. En Mar, las
fotografías grabadas y los caracoles cerámicos alertan sobre la contaminación oceánica y
la impermanencia de lo natural. Y es quizás Las alas de Hypnos -un trabajo inspirado en
un texto de Borges- un pasaje poético para abordar la percepción del tiempo a través de
imágenes que oscilan entre la fragilidad y el sueño.
Llegamos entonces al centro de su investigación con ese tiempo que se percibe
escurridizo, llegamos a La fragilidad de la memoria. Bajo una perspectiva que
cuestiona la solidez y confiabilidad del recuerdo, dada su naturaleza subjetiva e inestable,
series tales como Cascaritas de naranja, apelan a la evocación olfativa, integrando
fotografías, recetas y cerámicas para reconstruir escenas familiares, La caja de costura y
La manta azul donde cianotipos, hilos y objetos domésticos funcionan como fragmentos
de historias íntimas, o Toile de souvenirs, donde la artista imprime recuerdos en papel
japonés como un tapiz contemporáneo. Pero es quizás Los lares de mi memoria donde se
materializa lo anticipado cuando dije que la toma del espacio con piezas escultóricas es
el paso previo a esta propuesta donde una pequeña casa de ladrillos con fotos transferidas,
opera como archivo en proceso: las imágenes se desdibujan con el accionar del clima y
se vuelven eco del tiempo: una y otra vez, aquello que se imprime desaparece y vuelve a
imprimirse, sabiéndose condenado a volver a desaparecer pero intentando dejar su huella
en un acto de resistencia.
Fotografía, grabados, dibujos, cerámicas, objetos, instalaciones, todo al servicio de un
relato que Gabriela Fernández Madero sostiene a través de su vida, combinando técnicas
tradicionales con experimentales para construir un territorio poético donde naturaleza
humana, memoria y experiencia doméstica interactúan como parte de un continuo,
grabando en la materia aquellos recuerdos que quiere que la trasciendan, confiando
mucho más en su poder de supervivencia que en su capacidad de recordar. Porque en el
arte habita una verdad que excede nuestros tiempos y entendimiento y es, por tanto, su
Guardián de la memoria.
Lic. María Carolina Baulo, Diciembre 2025

Gabriela Fernández Madero – Guardian of memory
Nature, territory, sense of belonging, intimacy, and memory are all axes that could
characterize the work of Gabriela Fernández Madero. And although each of them contains
a series of diverse and autonomous projects, the connection lies in the conceptual
coherence and materiality with which the artist chooses to approach them over time,
making them vibrate with a shared emotional resonance. I would like to fly over, as a sort
of journey, this vast production.
One of these pillars is the gaze Gabriela casts upon her natural surroundings. Flora and
botany give way to a series of herbariums that function as a kind of research and
recording practice, collecting sensitive information about her habitat, exploring the
relationship between observation, archive, and perception. Herbier enchanté revisits the
iconography of the Hortus Sanitatis to combine species from her own garden with images
that emerge like revelations in the print. In Herbario Bleu de Prusse, cyanotypes of native
flora gathered during daily walks take on an introspective tone where Prussian blue
bridges landscape, body, and emotion. Herbarium sacrum incorporates french religious
architecture through clay matrices and photographic records that connect spirituality,
tradition, and territory, while in El Herbario nativo, watercolor reinscribes local species
into a symbolic garden where identity and time overlap.
Within this poetic line where walking becomes evident, the series grouped under the
leitmotif of the path explore movement as a ritual gesture, where constructions made
with found elements function as memory markers. In El camino a Vagues / El bosque
encantado, the daily journey to the rural setting becomes a space for contemplation and
imagination. In turn, Marnay en rose revisits the French landscape through photographs
tinted by an “imaginary pink,” where memory alters the original perception.
The feminine in Gabriela’s work reflects on identity, silences, and emotional memory.
Corset modelo 60, a paper sculpture derived from drawing and printmaking, presents the
corset as a symbol of historical oppression and, at the same time, of bodily awareness. In
Lo no dicho, ceramics, bricks, and papers represent that which remains unspoken, evoking
intimate experiences and invisible transmissions from a sensitive and critical perspective.
It is perhaps within this corpus of works that we see, beyond the installations, the shaping
of a more sculptural narrative that will later give rise to her more complex production
related to the preservation of memory—something that has been asserting itself with
increasing clarity; but let us not get ahead of ourselves.
It is clear that, in Gabriela’s work, the culture of her immediate surroundings—family,
neighborhood, spaces of upbringing and belonging—plays a crucial role that conditions
her choice of materials, always characteristic of practices that mark, leave traces of
passage, records like tattoos, presences, experiences, and memories. Thus, under the lens
of tradition, series emerge that connect with the rural universe and inherited knowledge.
In Tradición, twenty photogravures made during the San Antonio de Areco festivities
document parades of gauchos and chinas, and El jardín nativo merges cyanotypes and
rice paper with elements of traditional clothing, linking nature, culture, and belonging.
Something similar occurs with roots and family memory, which take shape in series that
reconstruct personal archives. El hilo de Ariadna and El mantel del tiempo use textiles
and ceramics as metaphors for emotional bonds that span generations. Vestigios, a
ceramic mural of forty pieces, gathers photographic fragments of architecture and family

portraits to compose a parcelled memory, and Mi Walden combines rural landscape and
autobiography in a photocollage that reflects on inner refuge and genealogy.
The materiality of water appears in the installation Latitud 50º28 / Longitud 73º1, which
combines intervened photography, printmaking, ceramics, and artist’s book to explore
the physical presence of Patagonia. The Glaciares series derives from the encounter with
the Perito Moreno Glacier: the columns of engraved rice paper evoke the mass of the
glacier, and the ceramic pieces represent water molecules, connecting matter and
landscape. In Mar, engraved photographs and ceramic shells alert us to ocean pollution
and the impermanence of nature. And perhaps Las alas de Hypnos—a work inspired by
a text by Borges—is a poetic passage to approach the perception of time through images
that oscillate between fragility and dream.
We arrive then at the center of her research, with that time perceived as elusive, we arrive
at La fragilidad de la memoria. From a perspective that questions the solidity and
reliability of memory, given its subjective and unstable nature, series such as Cascaritas
de naranja appeal to olfactory evocation, integrating photographs, recipes, and ceramics
to reconstruct family scenes; La caja de costura and La manta azul, where cyanotypes,
threads, and domestic objects function as fragments of intimate histories; or Toile de
souvenirs, where the artist prints memories on Japanese paper like a contemporary
tapestry. But it is perhaps in Los lares de mi memoria that what I anticipated materializes,
when I said that the occupation of space with sculptural pieces was the step leading to
this proposal: a small brick house with transferred photographs operates as an archive in
process. The images blur with the action of weather and become echoes of time: again
and again, what is printed disappears and is printed once more, condemned to fade but
attempting to leave its mark in an act of resistance.
Photography, prints, drawings, ceramics, objects, installations, all at the service of a
narrative that Gabriela Fernández Madero sustains throughout her life, combining
traditional and experimental techniques to construct a poetic territory where human
nature, memory and domestic experience interact as part of a continuum, engraving in
matter the memories she wants to transcend her, trusting far more in their ability to
survive than in her own capacity to remember. Because in art resides a truth that exceeds
our time and understanding and is, therefore, her Guardian of memory.
Lic. María Carolina Baulo, December 2025

Gabriela Fernandez Madero
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